Guatemala, el país del mar de nubes

Por delante estaba su fama de peligrosa, pero muchos viajeros habían escrito sobre ella como una tierra tranquila y bella en la que descubrir nuevos paisajes. Entramos a un país con una actitud abierta, dispuestos a ver que depara la aventura. Las fronteras siempre son fronteras y en Guatemala no iba a ser diferente. La Mesilla es una pequeña ciudad fronteriza que nos da la bienvenida con el bullicio habitual de esta clase de poblaciones, en las que el comercio es el motor que impulsa la economía.

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Entrada a Guatemala por La Mesilla. Adrián Cuéllar. 2015

Tras la frontera nos enfrentamos a las montañas. Subidas largas y con mucho calor.En estos primeros días, estamos cerca de los tres mil metros de altura marcando el tope de todo el viaje. La vegetación es exuberante, plantaciones de café y plátano se reparten los campos de cultivo con los ya clásicos maizales. Nos dejamos conquistar por los productos locales, plátanos, tortillas de maiz e incluso probamos el café. Capítulo a parte merece el chocolate. Aprovechando que estamos en zona productora, abusamos de su consumo y se convierte en un pasajero fijo en nuestras alforjas. Junto al pan dulce forman una dupla insuperable a la hora de la merienda.

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Piedras Negras. Adrián Cuéllar. 2015

Seguimos la carretera panamericana durante tres días. La ruta nos lleva a Huehuetenango y de allí a Cuatro Caminos al día siguiente llegamos al lago Atitlan. El paisaje nos encanta, pero las poblaciones no nos llaman demasiado la atención. Huehue es una ciudad capital de la provincia, donde se puede pasar, si se necesita descansar o aprovisionarse, pero no tiene un encanto especial, lo más destacado es su mercado. Cuatro Caminos no es nada recomendable, tal cono indica su nombre se cruzan varias carreteras y resulta un lugar gris y con alojamientos poco económicos. Creemos preferible parar en San Cristóbal que tiene un bonito centro y mucha animación a solo un kilómetro.

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Carretera Panamericana. Adrián Cuéllar. 2015

La llegada y la salida del lago de Atitlan tienen historia son las pendientes más fuertes de todo el viaje. Para llegar una bajada muy abrupta que sufrimos bastante. A causa del calor provocado por los frenos en la llanta, la cámara estalló. Tras reparar el pinchazo los frenos no eran los mismos, las pastillas quedaron endurecidas del calor y aún faltaba la verdadera bajada al lago!!! Esta última la hicimos andando. Fue un gran sufrimiento y necesitamos un día entero para recuperarnos. Sin embargo, el lago merece la pena. De formación volcánica, tiene una gran extensión de 130 kilómetros cuadrados, y está presidido precisamente por tres volcanes Atitlan, Taliman y San Pedro. Nos quedamos en San Pedro de la laguna. En el hotel San Francisco nos alojamos por 40 quetzales la noche (5 euros). San Pedro ofrece alternativas, puedes encontrar la zona de mochileros que se encuentra frente al embarcadero, donde todo es un circo montado para los turistas o la zona del centro que se estructura en torno al mercado y puedes encontrar a los locales realizando su vida cotidiana.

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Lago Atitlan. Adrián Cuéllar. 2015

Para salir del lago, tomamos una barca que nos lleva a la otra orilla, hasta Panajachel. Desde allí la subida es fuerte, pero no tanto como por el lado de San Pedro, retomamos la panamericana y llegamos para hacer noche en Tecpan, primera capital guatemalteca. Así llegamos a Maya Pedal, una parada obligada. Se trata de una ONG dedicada a realizar bicimáquinas, como licuadoras, molinos y generadores que funcionan a golpe de pedal. Allí teníamos una misión que cumplir, ya que nuestro amigo Bernardo de Guadalajara nos pidió que dentro del proyecto Rebiciclar, llevaramos una herramienta a esta ONG. Una vez cumplida la misión seguimos camino para Antigua.

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Maya Pedal. Adrián Cuéllar. 2015

Antigua es la ciudad más turística de Guatemala. Se nota en cuanto pisamos el casco viejo. Bonito, pero muy saturado de turismo. La carretera desde aquí continua descendiendo hacia la costa. El camino de Antigua a Chiquimulilla, se hace sencillo, casi cien kilómetros de bajada. En destino, dormimos en los bomberos que nos acojen muy bien. Con ellos vemos el partido de la selección de Guatemala de futbol y nos preparamos para cruzar a El Salvador a la mañana siguiente.

Lo último que vemos del país de la eterna primavera es una fila de camiones de cuatro kilómetros, que nos anticipa la frontera, los conductores esperan resignados en las hamacas que cuelgan de los bajos de sus caminones. Guatemala nos encantó, nos quedamos con sus tortillas hechas a mano, sus tamales, sus atoles, pero sobre todo con la amabilidad y la hospitalidad de un pueblo que siempre se interesó por nuestro viaje y nos dedicó una sonrisa.

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Los Aposentos. Anónimo. 2015
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