En Colombia no hagas planes

Nunca es sencillo dejar las ciudades, pero en Pereira además dejábamos una parte de nosotros. Tan de lujo eran nuestros anfitriones, que nos costó decirles adiós.
No obstante, el siguiente destino se presentaba muy apetecible y el viajero sabe que las despedidas son parte del viaje y ha de aprender a gestionarlas. Como digo, nos subimos a nuestras bicicletas y pusimos rumbo al Valle del Cocora, pero…..sorpresa, cuando tan solo llevamos una hora de pedaleo, tenemos que parar a reparar los cables del cambio de Adrián. Estamos de mecánicos más tiempo del que nos hubiera gustado, y además, la perspectiva de las fuertes cuestas que nos teníamos ante nosotros, no hacían más que desesperarnos. Pero bueno, las cosas llegan cuando llegan y se han de afrontar tal como se presentan en el camino del viajero o de la vida.

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Camino a Cocora. Ana Mateos Sanz. 2016

La llegada a media tarde al Valle del Cocora, tras hacer una parada en el pueblito de Salento, fue espectacular. El paisaje era hermoso miraras por donde miraras, y entonces así, de repente el cansancio desapareció….Al día siguiente hicimos una marcha por la montaña, hasta el refugio Estrella de agua, y volvimos a Cocora, 20 kilómetros con subidas y bajadas muy pronunciadas que harían que nos acordáramos del paseo durante varios días, en los cuales nos van a estar doliendo las piernas.
Ahora, el lugar lo merece, palmeras de cera delgadas y altas, que parece que quieran tocar el cielo, junto con verdes prados con caballos y vacas, mientras atraviesas el bosque nublado. Las palmeras de cera, son el árbol nacional de Colombia, según nos explicarían nuestros compañeros de acampada en el lugar, una pareja de Bogotá, con la que además de buena plática, compartimos una hoguera nocturna, disfrutando de uno de los cielos estrellados más bonitos de todo el viaje. La segunda noche, otro regalo más para nuestros ojos y nuestras almas, vimos como un cometa atravesaba el cielo sobre nuestras cabezas.

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Valle del Cocora. Adrián Cuéllar. 2016

Al día siguiente seguimos en dirección sur, con las piernas bien cargadas, dejamos atrás la región del Quindio y entramos en la del Valle del Cauca. Si bien la montaña va suavizándose, continúa siendo una zona de potreria, así que seguimos disfrutando de dulces terneros durante casi todas las jornadas. Además, dejamos la Panamericana durante un tiempito, y eso se agradece, ya que el tráfico es menos intenso.
Como decíamos en el título no hagas planes de nada, ni de dónde dormirás ni que comerás, ¿qué, por qué?…porque no los cumplirás, ya que l@s colombian@s tendrán una sorpresa preparada para ti. Aquí narramos unas cuantas ocasiones en las que, por suerte, se truncaron nuestros planes. Una tarde íbamos tan cansados que tratamos de quedarnos en varios sitios, finalmente preguntamos en una finca recreativa, los dueños nos acogieron sin dudarlo, sin cobrarnos, y a nuestra disposición pusieron las piscinas, la cocina y nos regalaron pollo y jugo de deliciosa guanábana, no teníamos planeado terminar así el día, pero aquí todo es posible, gracias Jonh Jairo y Sandra. También te puede pasar, quedar con un anfitrión de Warmshowers para las 14:00 horas y que aparezca tres horas más tarde. O atravesar el valle recorriendo una carretera tan plana que no nos lo podíamos creer y llegar a uno de los pueblos más peligrosos del país, según nos dirían días después, que hacemos nosotros que no tenemos ni idea, pues recorrer el mercado y comernos un Cholao, riquísimo por cierto.
Pero, ¿pensabas que en Colombia se habían terminado las sorpresas? pues espera porque llegando al pueblito de Piendamó, un amable Alcibiades, nos espera en la última cuesta y nos descubre e invita a tomar un delicioso kumis. La tarde en su compañía es muy entretenida, paseo por el pueblo, donde nos habla de la guerrilla M19 (los Roobin Hood) del lugar, fue interesante meternos en las entrañas de la historia del pueblo, sentir como debió ser la vida, en aquellos años. Y fue genial poder descansar en una cama tan cómoda.
Sin embargo, aunque ya estábamos embriagados de la amabilidad del pueblo colombiano, aún quedaba gente por el camino que harían de nuestro duro pedaleo un paseo. Por ejemplo, Julio Cesar un octogenario, al que Adrián ayudó a subir una carretilla, como nos lo devolvió, pues con un día con toda su familia con dedicación plena hacia nosotros, comimos, reímos, y sobre todo, nos tomamos muchas muchas fotos, no exagero cuando digo que unas treinta.

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Horno de pan en Pasto. Ana Mateos. 2016

Los días siguientes atravesamos una zona prácticamente desértica, en lo que a población y paisaje se refiere, dejamos atrás el pueblo de El Bordo cuando aún era de noche, ya nos avisaron que la zona era extremadamente calurosa, y que tuviéramos cuidado porque se habían reportado asaltos.

Efectivamente, calor pasamos, pero también se nos encogió el alma al atravesar una parte con unas cuantas chabolas, donde solo vivía población afro en la más extrema de las pobrezas. Como unos 20 kilómetros antes de llegar al pueblito de El Remolino, la Panamericana estaba en muy mal estado y recién pisamos los límites del pueblo alcanzábamos los 45 grados. Pero como decimos…. estamos en Colombia, y aquí todo es posible, y nos topamos con Rodrigo, quien nos invita a un fresco, nos paga una noche de hotel y el almuerzo. No nos lo podíamos creer!!!
“¿Seguro que queremos seguir bajando hacia el sur y salir de este país?” Pues…eso parece, así que continuamos nuestras pedaladas y llegamos hasta la ciudad de Pasto. Sorpresa!!la familia que nos hospeda prepara en horno de leña un delicioso pan, nos gustan tanto las Ayuyas (nombre indígena para el pan dulce), que nos levantamos a las 4:30 de la madrugada para colaborar en la preparación del mismo. Desde Pasto vamos a la Laguna de la Cocha, donde…. vaya de nuevo, una familia nos invita al paseo en barco hasta la isla de la Corota, famosa por albergar a cientos de aves diferentes.

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Laguna de la Chota. Ana Mateos.2016

Nuestros últimos días en Colombia, los pasamos en la ciudad fronteriza de Ipiales, donde aprovechamos para acercarnos al Santuario de Las Lajas, y hacer un poquito de mercado, esa misma idea tienen cientos de ecuatorianos que cruzan la frontera estos días, para llenar la despensa a menor precio.

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Santuario de Las Lajas. Adrián Cuéllar. 2016

Los días en Colombia se terminan, pero hasta el último momento ha sonado de fondo Romeo Santos, que ha puesto la banda sonora a nuestro paso por el país, aún que también lo han hecho decenas de canciones, que ell@s l@s colombian@s, bien saben diferenciar si son salsa, bachata, vallenato, etc… pero que para nuestros oídos todo suena igual. En este país no falta la música en cada esquina, comercio o carro, pero tampoco falta gente dispuesta a hacer de tu paso por su tierra una experiencia inolvidable. De corazón, sentimos que tenemos que volver, gracias Colombia por no dejarnos hacer planes y hacer que cada día haya sido increíble!

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