CAMBOYA

Bienvenid@s a Camboya

Dejamos Vietnam, madre mía!!!! tercer país a la espalda, que rápido se está pasando, y cruzamos la frontera hacia Camboya. Y dicho sea de paso, algo nerviosos por si tenemos que pelear el precio justo del visado (20$). Nos metemos en una mini furgo, y primera noticia la gente que también viaja en ella nos dice que ha pagado 27$ por el visado en una agencia, en la que les han dicho que si cuesta menos les devolveran el dinero. “A ver, a ver”.

Pues bien, después de sellar la salida de Vietnam sin problemas, llegamos al policía camboyano de turno, que nos da una hoja para rellenar nuestros datos y tras entregarsela nos pide 22$ por cada visado. Tras lo cual, tímidamente y de buena honda le preguntamos, porqué? y añadimos que habíamos preguntado en el consulado y nos habían dicho que eran 20$. El policía se hace un poco el loco, mientras busca una excusa y finalmente coge los 40$ y dice: “tourist visa?”, y nosotros sí sí de turista. En fin, que sin mucho esfuerzo sacamos el precio justo.

Con quien sí tenemos que ponernos serios es con el de la furgo, porque como estábamos haciendo el visado por nuestra cuenta ya quería dejarnos en tierra de nadie. Así que nos repartimos y mientras uno se quedaba en la puerta de la furgo con las mochilas dentro, otro esperaba el sello de entrada a Camboya.

A los pocos km recorridos por el nuevo país ya percibimos que Camboya is different!

Las primeras imágenes que vemos del país difieren poco de las que continuaríamos disfrutando los próximos días. Increíbles campos de arroz de un verde intenso, acompañados de famelicas vacas y bueyes, y lejanas, pero altísimas palmeras.

Ya en nuestro destino Kep, ciudad famosa por sus cangrejos, nos acomodamos en un básico bungalow donde pasaríamos nuestras primeras noches en el país, rodeados de lagartijas y toda clase de extraños insectos y sonidos, ya que estábamos en el camino de entrada al parque natural de Kep.

El segundo día nos metemos un buen madrugon y con las bicis recorremos por las destartaladas y embarradas carreteras 32 km hasta llegar a las cuevas de Wat Kiri Sela, una vez allí somos asaltados por un grupo de niñ@s del pueblo que nos ofrecen sus servicios como guías y sus linternas para dentro de la cueva. Aún que les insistimos que no necesitamos nada, nos cuentan por duplicado cada cosa reseñable de la cueva y del Bhuda reclinado que se halla en ella. Tanto es el agobio rodeados de niñ@s que decidimos salir rápido.

Los 32 km de vuelta se tornan infernales debido al calor y el cansancio, pero gracias al bollo que compramos en una pequeña panadería, a que el paisaje es espectacular y vamos todo el rato alucinados y a los “hellos” que nos van gritando l@s niñ@s desde la puerta de sus casas llegamos a Kep sanos y salvos, tras un par de paradas para reponer fuerzas.

Otro de los días, los pasamos en la cercana isla de Koh Thonsay ( Rabit island), a excasos 20 minutos en barca desde Kep, esta isla con forma de conejo está habitada por unas cuantas familias de pescadores y otras tantas que ahora se han pasado a la hostelería y regentan unos bungalows y restaurantes. Llegamos a la isla bien aprovisionados de agua y comida, y tras dejar las mochilas en nuestro básico y aireado bungalow (estaba lleno de agujeros en el suelo) nos disponemos a inspeccionar el terreno.

En esta frondosa y salvaje isla disfrutamos de un aventurado paseo por sus caminos llenos se barro y de unos noodels hechos por nosotros en nuestra trangia en la misma orilla de la playa, y tan solo acompañados por cientos de cangrejos que corretean de un agujero a otro.

El atardecer y las aguas calientes de la isla nos conquistaron, tanto es así que el día que nos íbamos nos levantamos muy pronto y nos dimos un baño con los primeros rayos de sol. Pero, el nuevo destino nos esperaba, así que desde la barca nos despedimos con pena de Koh Thonsay.

Las ciudades sin centro y en el centro la ciudad.

Camboya es un país en el que la naturaleza se entre mezcla con la civilización. Los núcleos urbanos muchas veces son dispersos y salpicados de manchas de selva por todos lados. Las casas de las afueras y las que se encuentran a lo largo de la carretera son de madera, alzadas uno o dos metros del suelo por bigas. La gente se sienta en las escaleras de la vivienda y te sonríe abiertamente cuando pasas. Los camboyanos son muy bromistas, siempre tienen algo ingenioso para hacerte reír ,aunque, están ya muy interesados en el turismo y pueden llegar a agoviar.

Las playas son de arena blanquisima y el mar muchas veces es transparente. En Sihanoukville pudimos disfrutar de ello. El tiempo nos deparo mañanas cálidas y soleadas mientras las tardes fueron lluviosas. De esta forma, las primeras horas del día las dedicamos a ir a recorrer la ciudad y disfrutar de la playa, para luego ponernos a cubierto y degustar buenas comidas, sin olvidar el batido de frutas, algo obligado.

Así sin darnos cuenta pasaron las dos noches que nos hospedamos en la ciudad costera. El viaje al centro del país (Phnom Penh) sin sobresaltos. Llegamos aun temprano y encontramos rápido alojamiento. Nuestra primera idea era pasar dos días en la capital, pero resulto ser una ciudad muy adsequible a pie y finalmente nos marchamos al día siguiente. La ciudad nos gusto, algunos templos destacables, el palacio real (al que no pudimos entrar porque el Adri iba en tirantes) y la escuela convertida en centro de torturas y exterminio por los Jemeres rojos ( también llamada S-21) y que ahora alberga el museo del genocidio. Esta última nos recordó el campo de concentración de Auschwitz y nos impacto mucho, como no podía ser de otra manera. Para acabar el día, terminamos comiendo arroz con pollo y viendo por la tv boxeo thailandes (el deporte nacional de Camboya) en un bar plagado de camboyanos bebiendo café helado con leche condensada.

La mejor despedida de Camboya

Dejamos la capital y nos dirigimos hacia  Siem Reap, la ciudad más cercana a los templos de Ankor.

Pero vista nuestra suerte con los autobuses no podía tratarse de un viaje sencillo de unas cuantas horas sin sobresaltos añadidos. El autobús, que no es que fuera un chiquillo, pero que tampoco era nuevo del año pasado, se calento y se paró. Y allí estábamos tod@s l@s viajer@s en mitad de la carretera, protegiendonos del calor del medio día, en la sombra que daba el propio bus y algunos árboles esparcidos por las cercanías. Pero eso sí, esta vez no nos movimos y estuvimos en todo momento controlando el bus, no queríamos que nos pasara otra vez como en Vietnam. Y si estar tirado en la carretera con toda la calorina os parece poco, pues nada os diremos que para colmo estábamos los dos con una infección gástrica bastante chunga.

Pero en fin, todo pasa y además mientras tanto estuvimos hablando con una chica camboyana, que nos fue contando cosas de su vida, nos contó que al día siguiente había una maratón en Siem Reap, e incluso, se puso a buscarnos un hotel tras poner nosotros cara de miedo al saber lo de la maratón, ya que nos advirtió habría mucha gente.

Pasadas casi tres horas nos metimos en otro autobús y esta vez sí, llegamos hasta nuestro destino.

En la estación nos despedimos de nuestra amiga, nos deshicimos de los tuktukeros y tras preguntar en unos cuantos sitios encontramos una habitación súper barata en una guesthouse bastante chula. La verdad que nuestros miedos eran innecesarios porque Siem Reap dispone de una amplísima oferta de alojamiento.

El día siguiente lo dedicamos a ver los templos que hay en la ciudad y por supuesto a recuperarnos del todo, queríamos estar bien para visitar Ankor.

Así pues con todo ya mirado, al día siguiente con la fresca (eran las 4:30 cuando cogimos las bicis) nos pusimos en marcha hacia los templos de Ankor. Mientras pedaleabamos nos adelantaban los tuk tuks, con los turistas helados de frío, por suerte nosotros nos íbamos moviendo y eso nos lo ahorrabamos. Tras pagar la súper entrada y pedalear unos minutos más llegamos al punto donde se quedaba todo el mundo para ver amanecer. Nosotros continuamos hasta un lugar más apartado donde indicaba el mapa que era el mirador para ver amanecer.

El día lo pasamos pedaleando y andando entre los templos: Ankor Thom donde vemos el de Bayon con sus 216 rostros de de Avalokiteshvara sonriente, Baphuon, la terraza de los elefantes y la del rey leproso. Después seguimos con otros templos de menor importancia, pero igual de bonitos y por último, visitamos Ankor Wat, el Olimpo del hinduismo, es el símbolo nacional de los jemeres y motivo de orgullo nacional. Y realmente, no es para menos porque sobrecoge, desde luego que no podíamos haber elegido mejor imagen para despedirnos del país.

No obstante, también recordaremos nuestro paso por Camboya por la sonrisa y el humor de l@s lugareñ@s, que aún que en muchos casos viven con muy pocos recursos, siempre te dedican una amplia sonrisa. Recordaremos a l@s niñ@s camboyan@s que desde bien pequeñ@s aprenden el valor de un dólar y también a hablar inglés, porque desde la infancia contribuyen a la economía familiar. Y así mismo deseamos que este país, en gran momento de expansión, con grandes inversiones extranjeras, que le han echado el ojo por sus posibilidades turísticas, pueda caminar sin perderse por los derroteros de la corrupción, hacia un futuro donde l@s pequeñ@s puedan tener más posibilidades mejor sin depender de los cientos de ONG’s que plagan el país.

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